Escribiendo en Liechtenstein: mi residencia artística en el Turmhaus de Balzers

El silencio que necesitaba para escribir Mujeres de hielo.

Maria Caminal

8/31/20265 min leer

A young woman stands on a cobblestone path, gazing at a historic white building under a vibrant sunset with orange and pink
A young woman stands on a cobblestone path, gazing at a historic white building under a vibrant sunset with orange and pink

Durante siete semanas viví en una torre medieval, rodeada de naturaleza, tranquilidad y silencio. Con una única responsabilidad: escribir.

Llegué a Balzers, Liechtenstein, con la historia de Mujeres de hielo muy presente. Conocía a sus personajes, había investigado el universo de la película y tenía clara la estructura que quería construir. Sin embargo, todavía necesitaba algo que en la vida cotidiana resulta difícil de encontrar: tiempo sin interrupciones, espacio y silencio.

La residencia artística en el Turmhaus me ofreció precisamente eso. No fue solo un lugar donde avanzar páginas. Fue una pausa, un cambio de ritmo y, sobre todo, un antes y un después en el desarrollo de mi primer largometraje.

Siete semanas. Un guion
El cambio de ritmo

El paisaje, el silencio y el ritmo pausado me resultaban familiares porque me recordaban a Andorra, pero el cambio de contexto me obligó a observar de otra manera. El Turmhaus, mi hogar y espacio de trabajo durante aquellas semanas, era un lugar cargado de historia y de silencio.

Dejar atrás la rutina transformó mi relación con el tiempo y amplió mi libertad como artista. Mis días estaban llenos de posibilidades para explorar el mundo que quería trasladar al papel tras meses de profunda investigación. Algunas veces escribía durante ocho o nueve horas; otras necesitaba caminar, leer o dejar que una escena madurara antes de volver a ella.

El origen de la historia
La evolución: de una estructura a 150 páginas.

Desde niña y después como adolescente y mujer, he intensificado con el paso del tiempo una profunda conexión con la sensibilidad femenina y con la manera en que las mujeres observamos, sentimos y habitamos el mundo.

Como escritora y directora, abrazo esa sensibilidad como una herramienta fundamental en mi trabajo. Me permite detenerme en los detalles, acercarme a las historias desde la empatía y a la vez experimentar mi propia vida de una manera profundamente sensorial. También me impulsa a mirar allí donde con demasiada frecuencia como sociedad, preferimos apartar la vista.

Crecer como mujer en la sociedad actual implica enfrentarse constantemente a preguntas sobre qué mujer se espera que seas. Aprendemos a convivir con determinados estándares de belleza —cambiantes y, muchas veces, inalcanzables— y con normas explícitas sobre cómo debemos comportarnos, expresarnos y relacionarnos con nuestro propio cuerpo y el entorno.

Cuando decidí dedicarme a la industria del cine, comprendí que, antes de contar una historia, necesitaba conocer aquello de lo que quería hablar. Esta búsqueda acabaría dando origen a Mujeres de hielo, mi primer largometraje.

Mis experiencias personales y la sucesión constante de noticias sobre injusticias cometidas contra las mujeres terminaron por descubrir la temática de la historia que queria contar; la trata de mujeres con fines de explotación sexual.

Esta realidad avivada por el abuso de poder, la cosificación y el silencio, retratan a mujeres y niñas obligadas a comportarse, actuar y complacer a clientes que pagan por ellas en una estructura que las mantiene encerradas y sin documentación.

Mujeres de hielo nació de esa observación, pero también de un lugar profundamente personal. Como artista y como mujer que ha vivido una experiencia de abuso, sentía una profunda empatía hacia ellas y la necesidad de transformar parte de esa sensibilidad en una historia capaz de abrir una conversación con el público.

Antes de viajar ya había realizado una parte importante de la investigación y la preparación. Durante la residencia pude reunir todo ese material y convertirlo en una estructura dramática sólida.

Primero trabajé el recorrido emocional de la protagonista: su salida del mundo conocido, la entrada en una realidad completamente distinta y los retos que la obligan a transformarse. Después desarrollé las subtramas y las relaciones entre los personajes, buscando que cada una aportara profundidad al conflicto principal.

Al terminar las siete semanas había completado un primer guion sin diálogos de aproximadamente 150 páginas.

Llegar a esa cifra no significaba que la película estuviera terminada. Un primer guion es un cuerpo vivo: necesita distancia, reescritura y decisiones difíciles. Pero sí significaba algo esencial. La historia ya existía de principio a fin y podía empezar a tratar los diálogos con profundidad.

Un intercambio entre Andorra y Liechtenstein

Si tuviera que resumir mi paso por Liechtenstein en tres palabras, serían tranquilidad, conexión y crecimiento.

Tranquilidad para detenerme después de mucho tiempo viviendo con prisa. Conexión para volver a escuchar la historia que llevaba dentro. Y crecimiento porque, mientras el guion encontraba su forma, algo en mí también iba cambiando.

Durante aquellas semanas comprendí cuánto necesitaba ese espacio. No solo para escribir, sino para escucharme, observarme y recordar por qué había empezado a crear.

A veces cuidamos nuestros proyectos con una entrega absoluta y, sin darnos cuenta, nos dejamos a nosotros mismos para después. Esta experiencia me recordó que dar tiempo a lo que amamos también significa aprender a dárnoslo a nosotros.

Quizá tú también tengas algo que lleva tiempo esperando. Un proyecto, una idea o una parte de ti. Ojalá encuentres el espacio para escucharla.

Mi estancia formó parte de un programa de intercambio artístico entre Andorra y Liechtenstein, impulsado en el marco de la diplomacia cultural. Estas iniciativas permiten que creadoras y creadores trabajemos fuera de nuestro contexto habitual, establezcamos vínculos internacionales y hagamos visibles proyectos nacidos en países pequeños.

Quiero agradecer al Govern d’Andorra la ayuda y la confianza depositada en mi trabajo, y a la Oficina de Cultura de Liechtenstein la acogida, la cercanía y el cuidado durante toda la estancia. También a todas las personas que me acompañaron desde cerca y desde lejos y que, de maneras distintas, hicieron posible que pudiera dedicar esas semanas por completo a la película.

Me fui de Balzers con un primer guion, muchas notas para la siguiente versión y la certeza de que Mujeres de hielo había encontrado por fin su forma.

Ahora empieza otra etapa.

Lo que Liechtenstein me enseñó
liechtenstein residencia maria caminal
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maria caminal mujeres de hielo
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El camino de Mujeres de hielo continúa

El objetivo es llevar esta historia a la gran pantalla. Aunque el proyecto nace desde Andorra, aborda una realidad que traspasa fronteras y tiene una clara dimensión internacional. Quiero seguir desarrollándolo junto a personas y entidades que compartan su mirada: un cine comprometido con el impacto social, pero construido desde la humanidad, la complejidad de los personajes y la fuerza colectiva de las mujeres.

En mis redes sociales he compartido una serie de vídeos sobre la llegada al Turmhaus, el origen de la película, el proceso creativo y todo lo que me dejó la residencia. Puedes seguir el recorrido de Mujeres de hielo en Instagram.

Si formas parte de una productora, festival, residencia o institución cultural y te interesa conocer más sobre el proyecto, puedes escribirme a contact@mariacaminal.com.

Con todo el cariño,
Maria Caminal

maria caminal escribiendo mujeres de hielo
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